lunes 12 de mayo de 2008

Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar

Una de las cosas que más me ha sorprendido de Egipto ha sido la propensión de sus habitantes a solicitar propinas. Y es que realmente es una tendencia generalizada que incluye tanto a los turistas como a los oriundos del país o, al menos, eso he creído corroborar, aunque los servicios por los que un egipcio da propina son quizás más útiles o lógicos y caen casi en el soborno o la clásica ‘mordida’ latinoamericana.

El baksheesh, que es como se denomina, resulta una actividad no por inofensiva menos atorrante y, si bien es habitual en muchos países de Oriente Próximo y Asia, en el caso de Egipto se ha convertido en un hábito constante. Entiendo que si me guardan los zapatos en una mezquita me pidan una propina al salir; concedo que si un empleado me acerca una porción de papel higiénico en un lavabo a cambio espere una pequeña recompensa, pero lo que es absurdo es que oigas a tu alrededor susurrar ese ‘baksis, baksis’ cuando alguien te abre una puerta, cuando sin tu pedírselo, recoloca la maleta en la cinta de los Rayos X del aeropuerto o cuando te da una indicación en alguna ruina sin tu habérselo solicitado.

Este santo varón no me solicito propina. Alá le tenga en su gloria.


La tradición de la propina egipcia puede resultar desquiciante, pues, al contrario que en otros países musulmanes donde la gente es amable por naturaleza, hospitalaria por tradición y se desviven por ayudar al extranjero, aquí cada movimiento, sonrisa o favor parece implicar directamente un pago posterior. Ni en Siria ni en Irán vi jamás eso y tampoco en países tan turísticos como Jordania o Turquía recuerdo haber sufrido esa situación. Egipto es un país pobre y seguramente los sueldos son bajos, pero más pobres son otras decenas de lugares y jamás me han pedido una propina a la cara, en plan impuesto revolucionario, como me ha pasado allí.

Otro tema es cuánto pagar, porque en Egipto las propinas tienen derecho a reclamación. Es decir, que si tú no le das al peticionario de turno la cantidad que él estime oportuno no se cortará en pelo en exigir una mayor cantidad. Sabiendo cual es el nivel económico del país, que un egipcio exija una propina que no daría ni en España resulta cuando menos cómico.

Por otro lado, y dado que las monedas son escasas en Egipto, la gente suele tirar de euros con lo que se da el efecto colateral de ser asaltado a cada rato por algún propinero que, habiendo acumulado una cierta cantidad de monedas, quiera trocarlas por un billete para así poder cambiarlo en le banco (los bancos no cambian divisa en moneda, sólo en papel). Al final del viaje a Egipto uno vuelve con más cambio en el bolsillo que si hubiera ganado el premio gordo en una tragaperras de Las Vegas.


Este avieso egipcio ya me estaba pidiendo el baksheesh antes de tirar la foto


Pero, como decía mi abuela: “Ante el vicio de pedir, la virtud de no dar” y no me avergüenzo de decir que el dribbling ante una mano reclamante de una propina no merecida o los oídos sordos ante un óbolo exigido por un servicio no solicitado resulta la mejor defensa ante una tradición que perjudica más que beneficia a los propios egipcios.

Obviamente no a todos los egipcios les mueve el interés. En nuestra breve estancia conocimos gente que nos ayudó por el simple placer (o el íntimo deber) de hacerlo. Desgraciadamente tan acostumbrados estábamos al pago, que cuando nos prestaban un servicio o nos ayudaban en algo sin pedir nada a cambio no nos fiábamos y no nos dábamos cuenta de la generosidad y amabilidad de nuestro benefactor hasta haberlo perdido de vista.

1 comentarios:

Ilse dijo...

Entre las propinas y el regateo, me temo que estos países quedan absolutamente vetados por mi inconsciente. Me moriré sin ver pirámides, esfinges y demás ruinas faraónicas.