jueves 2 de septiembre de 2010

Regateando

El regateo es algo que nunca se me ha dado mal y que mucha gente evita, pues le resulta violento o una pérdida de tiempo. A mi me gusta, lo que pasa es que solo me pongo a ello si realmente me interesa la cosa. Hay que ser expeditivo pero nunca perder la sonrisa ni el humor, tambien hay que estar dispuesto a perder un ratillo. En el fondo es como interpretar en un juego de rol. Primero hay que pensar cuánto se está dispuesto a pagar por lo que se va comprar. Luego preguntar el precio y ajustarlo a la mitad de lo que pensabamos pagar por él.

Por ejemplo, vemos un pañuelo que nos gusta, lo palpamos, miramos su calidad, preguntamos cosas sobre él pero NO su precio. Lo mejor en ese momento es irse y seguir mirando. NUNCA mostrar interés, sino casi desdén. Por el camino evaluamos en cuánto los valoramos (pongamos 500) Si lo vemos en otro lugar (como así será) hay que actuar rapido.

Primero preguntamos el precio con sumo desinterés. Nos dicen 1000. Ofrecemos 200. Empieza el paripé. Si el vendedor afirma que vale mucho mas, que lo que le ofreces es una miseria, que se siente humillado ante tu propuesta, entonces es el momento de seguir regateando y, sin perder la sonrisa, hacer como que el producto no es para tanto, afirmar que su calidad es inferior a la esperada, sacarle defectos pero a la vez decir que te gusta pese a ello, comentar que en realidad no lo necesitas y que gracias por su ayuda pero que prefieres seguir paseando.

El vendedor hará mohines y bajará a 900. Tu lo miras un rato, evaluas la oferta y tras una pausa dramatica le miras y dices: 250. El se reirá, tu entonces también te ries. La pelota está en su tejado. Te dirá que es su ultima oferta: 800. Tu sonríes y dices 'no quiero ni perder el tiempo ni hacerselo perder a usted, honrado mercader del zoco. Gracias por su oferta pero no voy a pagarle mas de 300. Es mi ultima palabra'.

Ha llegado el momento crucial. El vendedor habrá intentado por todos los medios que sostengas el producto en tus manos. Ahora te disculpas, sonrisa amplia, agradecimiento, te excusas, se lo devuelves y empiezas a retirarte muy lentamente. Date la vuelta y, con un 80% de probabilidades, el mercader te dirá algo así como 'Está bien, está bien, 700'. Tu apenas giras la cabeza, sonries y dices 'No, gracias' mientras sigues alejándote parsimoniosamente. El zoquista volverá a la carga: '600, es lo último que puedo ofrecerle, menos que eso salgo perdiendo'. En ese momento te giras como si nada hubiera pasado, sin rencores ni remordimientos, y dices de sopetón: '400 y me lo llevo ahora mismo'. El, naturalemnte, se niega, te dice que imposible, que 600 es su ultima oferta y, muy ladinamente, empezará a guardar el objeto.


En ese momento toda la presión cae sobre ti ¿te parece demasiado 600? probablemente los 100 de diferencia equivaldrán a un par de cañas en el bar de tu barrio. Pero estamos ante una cuestion personal, un duelo de fenicios, una confrontacion de civilizaciones; el avieso colonizador blanco contra el taimado comerciante de tez aceitunada. 'O 500 o nada', piensas. 'Por la gloria del Cid Campeador y Don Pelayo que yo le saco el pañuelo por 500 a este mahometano hijo de una chacal y un dromedario'. Eso si, sin perder los modales, la sonrisa ni la paciencia.

Llega el momento culminante. Le dices al tendero 'Nn momento, dejeme ver el pañuelo otra vez'. Lo manoseas, lo miras al trasluz, revisas las costuras. Pura comedia, pues no tienes ni puta idea y lo mismo te esta vendiendo un trapo de tergal 'Made in China' como si fuera seda salvaje teñida con sangre de virgen de las montañas del Kafiristán. El hecho es mirar como si supieramos aunque no distingamos un pespunte de Singer de una costura artesana. Entonces levantamos la mirada y nos encontramos con la del vendedor. El ambiente se electrifica y se carga, uno es capaz de oler el aroma del ozono en el aire. El griterío del zoco es ahora un murmullo. Es una fraccion de segundo que se hace eterna. Dos miradas que convergen en un objeto y rebotan a la pupila del contrario. Los dientes relucientes recien modelado por una ortodoncia en Madrid del comprador contra la mellada dentadura amarilleada por la nicotina del comerciante. Las manos firmes, una lechosa y sin mas aditamentos que un Swatch ajado, la otra labrada por el tiempo y la usura, cargada de anillos con piedras milenarias y un pesado reloj de oro heredado por el siervo de Alá tras alguna trifulca tribal.


Son momentos de angustia, de tension, de enfrentamiento. Dos hombres solos separados por un milenio de tradiciones y que coinciden en ese momento y ese lugar para llevar a cabo el mas antiguo de los negocios, una transaccion comercial. Ha habido drama y comedia, interés y desdén, expresiones de adulación y de ofensa. Una gota de sudor corre por la espalda del comprador. Es ahora o nunca. Con un movimiento elgante, suave pero lleno de decisión, alargas la mano hacia el vendedor. Es una mano firme, una mano que no solo muestra una palma y unos dedos sino toda la convicción de Occidente. Simultaneamente de tu boca surgen poderosas, sin perder la mueca de complacencia y la sonrisa de 'estoy de vuelta de todo Mohamed', las siguientes palabras: "Hagamos una cosa, ni para ti ni para mi. 500 es lo justo".

Tu mano tendida continua impertérrita ante los ojos del vendedor. Por su mente pasan mil pensamientos, pero dos se imponen '¿cuál es mi margen de ganancia?' y, sobre todo '¿Cuánto he vendido hoy?' (porque, amigos seguid esta ley de oro, siempre es recomendable comprar al final del día). Ante él una mano blanca que ni suplica ni claudica, una mano que en su firmeza, expresa el pájaro en mano mejor que el ciento volando, una mano que es promesa de venta, puede que magra, pero venta al fin y al cabo.



Finalmente el honesto mercader, tras torcer el cuello y menear la cabeza como aparentando que hace mal y que cede, levanta su mano en un movimiento rapido. Su palma se eleva unos centímetros por encima de la horizontal de la nuestra para, tras un último rezongar de su testuz, bajarla con energía y agarrar nuestra mano con entereza. En ese momento todo el hechizo desaparece. Todo vuelve a su ser. Hemos ganado. El también. Es lo bueno del regateo bien hecho. Ambos contrincantes ganan. O, al menos, asi lo creen y disfrutan del resultado final del trueque. Las sonrisas se convierten en risas. El mercader levanta el dedo y lo agita acusador delante del comprtador mientras le lanza un piropo: 'Eres buen comprador'. El otro es lo que quiere oir. Se realiza el pago. Se despiden con cordialidad, afecto incluso. Se le solicita algun consejo sobre qué calle tomar o qué restaurante recomienda y se continua el camino.

Señores, esto es lo mas cercano a un duelo que vais a vivir en vuestra vida.