Imaginaos que Andalucia entera fuera un lago. Un lago de dimensiones tales que para atravesarlo de costa a costa tuviérais que navagar durante 400 kilómetros de aguas claras y llenas de peces. Eso era el Mar de Aral, uno de las mayores reservas de agua dulce del planeta. El lago era tan grande que ocupaba el territorio de dos países: Uzbekistán y Kazajistán. En la costa norte, la ciudad Kazaja de Aralsk y en la sur, la uzbeka de Moynak eran los mayores puertos pesqueros de Asia Central. Más de 60.000 personas vivían del negocio de la pesca y la industria conservera. De hecho era tal la riqueza de sus aguas que en cierta ocasión Stalin, viendo que se avecinaba una hambruna de grandes proporciones en Rusia, debido al fracaso de la cosecha, requirió del esfuerzo de los hombres y mujeres de Aral que estuvieron pescando durante las 24 horas del día durante semanas para proveer de pescado a sus hambrientos compatriotas.
Todo esto cambió a finales de los años 50. La economía planificada soviética dirigida desde Moscú pensó que sería buena idea aumentar los cultivos de algodón de la región y, para ello, ideó un sistema de regadío completamente inapropiado para tan áridas tierras. Canales descubierto que perdían por evaporación la mayoría del agua que acarreaban fueron abiertos por doquier. La producción de algodón creció, no hasta las cantidades que los burócratas soviéticos habían pensado, pero lo suficiente como para que esta industria textil se convirtiera en el principal polo de actividad de Uzbekistán. Las babuschkas y devochkas de Kiev, Leningrado o Arkangelsk vestirían con prendas de algodón orgullosamente manufacturado en la gran Unión Soviética, pero ¿A qué precio? Hoy sabemos que incalculable. Las aguas del Amu Darya (y el Sir Darya la zona kazaja) fueron desviadas y el caudal que año tras año mantenía el nivel del Mar de Aral fue mermando hasta apenas ser insignificante. El agua dejó de llegar a este lago y con él se llevó la vida. Literalmente. Las aguas comenzaron a encogerse, las orillas a estar cada vez más lejos de los antiguos puertos. En apenas 20 años la costa retrocedió 80 kilómetros. Los pesticidas, herbicidas y defoliantes empleados con alegría en las producción del algodón también acabaron siendo arrastrados hasta el lago y lo envenenaron irremediablemente. El nivel de salinidad se elevó hasta hacerlo inviable para la vida.
El Mar de Aral hoy. El descampado mas triste del mundo.
Pero aun queda más. El clima cambió en solo dos décadas. Los días sin lluvia pasaron de ser unos 30 al año a más de 150. La zona se hizo un erial, la arena empezó a devorarlo todo, la cuenca del antiguo mar se agrietó y dejó al descubierto las llagas de la sequía extrema y la muerte. Las ciudades vieron a ojos vista como el mar desaparecía, se alejaba y con él se alejaba su pasado y el futuro de sus hijos. Moynak, antaño una ciudad llena de trabajadores, de pescadores y barcos, una ciudad con teatro, cines e industrias es hoy una ciudad fantasma en la solo mujeres vagan por sus polvorientas calles sacudidas por un viento inmisericordes. Los hombres han emigrado e intentan buscarse la vida en Rusia o la ahora próspera Kazajastán. Las altas y delgadas mujeres del Karakalpakstán, esas mujeres de rasgos mongoles y ojos irisados, recorren como espectros aquellas calles anchas que hoy son solares cuyo silencio culpable solo rompe un desvencijado sidecar o algún destartalado coche.
El camino hasta Moynak había sido largo, por lo que vamos hacia atrás. La noche anterior intentamos saber cuál era la mejor forma de llegar hasta este sitio que en las guías de viaje aparece como un desvío de Quintopino tras un atajo por Castroculo. Había dos posibilidades. Coger un autobús que no querrían ni en Desguaces La Torre a las 9 de la mañana y tardar unas 4-5 horas en llegar hasta allí y luego otro de vuelta con el mismo apasionante itinerario o bien ir en transporte particular. En principio se nos dijo que ir con un conductor salía por unos 90 dólares, una cantidad exagerada a todas luces. Más tarde por la noche hablamos con otro empleado del hotel, este mucho más colaborativo y que, además, hablaba un excelente inglés. Este hombre se llama Marat y su historia merece ser contada en otro post. Gracias a él al día siguiente conseguimos un coche que nos llevara a Moynaq.
El Daewoo partía del bazar, que es la única parte de la ciuad con un poco de vida. Las mujeres se afanan, apretujadas en sus improvisados puestos, en vender sus tomates, zanahorias amarillas y las cincuenta clases de melón y sandía que por aquí se ven. Entre el apelotonamiento se pueden ver viejas máquinas soviéticas con dibujos alusivos a las Olimpiadas de Moscú 80 que en su día expendían agua a cambio de cupones, también hay ancianos con gafas de gruesos cristales que miran inquisitivos, jóvenes que te saludan y te preguntan de dónde eres, camiones abriéndose paso paquidermicamente entre la gente, carretillas con melones tiradas por chavales fibrosos, burros con alforjas llenas de melones, viejos coches Lada o Mosvich llenos de melones, melones, melones, melones por todas partes. A la gente, al contrario que otros lugares, no parece importarles que les fotografíe por lo que, cuando un chaval me dice que si puede hacerse una foto conmigo no puedo negarme y pongo mi mejor cara de panoli mientras un par de mujeres se apresuran a a sacar sus móviles e inmortalizan la escena que seguro causará gran risión en alguna familia uzbeka mientras comparte el plov (plato nacional) de los viernes.
El viaje comienza atravesando Nukus, cruzando el Amu Darya y con una parada en Mizdakhan, una ciudad destruida en tiempos de Genghis Khan pero cuyo cementerio lleno de mausoleos siguió siendo utilizado hasta hace casi un siglo y se ha mantenido como lugar de peregrinación. Se trata de una colina de tumbas y mausoleos rodeada de un paisaje pre-apocalíptico de vías de tren en desuso, almacenes de grava, torres
de electricidad oxidadas y niños churretosos correteando casi en pelotas por descampados. La colina, en cambio, parece mantener un aura de majestuosidad inmarcesible, de raro misticismo en medio de aquella barbarie. Paramos junto a la puerta del muro de adobe que rodea el inmenso recinto. Hay una familia refugiada a la sombra del muro. Una alcancía de metal junto a la puerta invita a los visitantes a depositar algo de dinero. Le pregunto al conductor si hemos de pagar algo y me dice que no es necesario pero que si quiero puedo hacerlo. Saco 2000 sum del bolsillo y los introduzco en la ranura. Entonces la familia, que no ha dejado de mirarnos como si fuéramos marcianos, comienza a orar llevándose las manos al rostro al estilo islámico. Nuestro conductor imita sus movimientos mientras nosotros nos quedamos paralizados escuchando una letanía que en realidad es un agradecimiento por nuestra limosna.
Subimos junto a una anciana la colina, salpicada de tumbas la mayoría de ellas rodeadas de una especie de corral metálico, como si de cunas se tratasen. En la cima achatada del montículo hay varios templetes de ladrillo antiquísimo y cúpulas con azulejos que espejean con el tórrido sol. Entramos en el más importante de ellos, la tumba de algún prócer del Islam, excavada en la tierra y cuya cúpula de esmalte azul verdoso ilumina una cámara en la que una familia da vueltas y vueltas alrededor de una tumba. Las paredes tienen inscripciones cúficas centenarias, pequeñas piezas de azulejo de formas tan simples como bellas y dos cúpulas por las que se cuelan polvorientos rayos de luz que dan a la escena un aura de recogimiento. Luego entran unas mujeres, una de ellas muy anciana, y realizan el mismo ritual. Vestidas de forma tradicional concluyen su visita orando frente a a la tumba principal. Yo me encuentro al otro lado y, pese a pudor que me produce una escena tan íntima no puedo evitar sacarles una foto.
La familia que reza unida permanece unida. ¿Lo dijo un miembro del Tea Party o Jomeini?
El trayecto continúa por una carretera a ratos excelente y a ratos apenas un camino de tierra con baches que nos lleva hasta Kungrad, otro pozo de horror urbanístico soviético en medio del desierto de Karakalpakstan. Alternando controles de policía y aromatizados por las nubes de polvo que desprenden enormes camiones chinos y rusos atravesamos esta franja del país. Una monotonía de campos de algodón, de personas vagando por la carretera llevando mercancías o ,simplemente, paseando solo alterada por puntuales señales de hormigón con gastados colores pastel que marcan el nombre de los pueblos que se atraviesan.
La carretera que lleva de Kungrad a Moynaq ocupa el antiguo lecho del lago. Es un páramo de matorrales y secarral en el que, durante 100 kilómetros, apenas nos cruzamos con dos coches. El aire esta cada vez más cargado de arena, se forman remolinos de polvo en el asfalto y el sol se va ocultando detrás de una neblina sucia. Apenas en un disco de apagado resplandor en el cielo cuando llegamos finalmente a las afueras de Moynaq. Alli un monumento de hormigón y metal da la bienvenida al pueblo. Debajo del nombre del pueblo aparece el dibujo de un ancla y un pez sonrientes.
El pueblo, en el que aun viven unos cuantos miles de personas, parece sacadode un sueño húmedo de Sergio Leone. Casas abandonadas, patios devastados por el viento y el polvo y puertas de madera golpeadas ritmicamente por un aire cargado de toxinas. Las guías de Naciones Unidas advierten que si uno ha de vivir en esta zona durante largo tiempo ha de someterse a chequeos médicos regulares. El envenenamiento de la tierra es tal que el indice de cáncer y malformaciones infantiles se ha disparado en las últimas décadas.
Comiendo en Moynaq en una casa particular. El tomate es demasiado rojo, seguramente radioactivo...
Paramos a comer en la casa de un amigo del conductor. Es un menú simple pero sabroso de patatas con carne, una ensalada de tomates y pepinos, mantequilla y pan ácimo. Comemos solos, sentados sobre alfombras en el suelo mientras el ulular del viento se cuela por las rendijas. La casa es una construcción baja de grandes habitaciones alfombradas sin mas decoración que un espejo desportillado lleno de pegatinas de Jean Claude Van Damme en ruso, un peluche sonriente o alguna tapiz.Y la televisión claro esta, la ubicua televisión. Fuera, hay una letrina en el extremo del patio y un grifo en el que lavarse las manos con un hilo de agua parda.



4 comentarios:
seguramente el clima también cambió precisamente por lo que estaban haciendo con el campo y la agricultura, como en esos casos de deforestación en que la ausencia de vegetación también contribuye a que las precipitaciones disminuyan.
¡Quiero saber de Marat!!!
Nunca salgo de mi asombro con vuestros relatos, dinero en bolsas tipo la Pantoja en Marbella, controles policiales donde el conductor se escuda en los turisti, turisti ....
Me alegro que lo paséis tan bien pero ... no me invitéis :)
Es una especie de chapati o de nan lo que sale en la foto de Nati ¿no?
Ismael, con lo hipocon que eres, comiendo tan pichi en un lugar con semejante advertencia de la ONU. ¡Ese es mi chico! Si es que viajar cura los límites de nuestras mentes.
Y respecto a lo que dice Goio, tiene razón y parte se comenta en la wikiwikiwebweb:
"Por razones económicas, el mar de Aral Sur ha sido abandonado a su suerte. En su agonía, está dejando enormes llanuras de sal, que producen tormentas de arena, que llegan a sitios lejanos como Pakistán y el Ártico,y que hacen los inviernos más fríos y los veranos más cálidos. Uno de los intentos de mitigar estos efectos consiste en la plantación de vegetación en el antiguo fondo del mar, ahora tierra firme."
Os leo mientras desayuno, que tengo lectura pendiente.
¡Un beso!
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