domingo 14 de agosto de 2011

Memoria del porvenir (Segunda parte)

Son cerca de las 4 de la tarde cuando nos acercamos hasta la antigua costa, a un tiro de piedra del cine, hoy abandonado, y que antaño amenizaba la ciudad. El viento se vuelve furioso y el sol queda cubierto por un velo amarillento. Tras una curva del camino aparecen como fantasmas dos barcos varados en medio del desierto. Son dos pesqueros de gran tamaño, de más de 20 metros de eslora, encallados en medio de la arena, rodeados de dunas y matojos de arbustos raquíticos azotados por ráfagas de aire llenas de polvo tóxico y arena. Aparcamos un poco más adelante, junto a un pilar de hormigón que simula una proa y que señala orgulloso el desastre. Las ráfagas se vuelven violentas, se levantan torbellinos de polvo anaranjado que golpean el rostro y se introducen en la boca dejándonos el paladar lleno de arena. Los dientes rechinan en contacto con la arena en suspensión y los orificios de la nariz se colman de un polvo ocre y casi grasiento. Hay una barandilla que separa la carretera, que aquí concluye, y la ladera que desciende hasta la cuenca del extinto mar. Debajo de nosotros se muestran los pecios de una docena de barcos alineados frente a la tempestad de polvo y calor. Bajamos por unas escaleras hasta el lecho del Mar de Aral, ahora un desierto, donde miles de conchas de molusco aun pueden verse a simple vista.

Los barcos ofrecen sus esqueletos oxidados como un fallido sacrificio a un Dios inmisericorde con los errores humanos. Los hay grandes y pequeños, todos cubiertos de herrumbe y agujereados. Todos con cientos de nombres y fechas de visitantes, la mayoría en caracteres cirílicos. Proas que dan al apocalipsis, que navegan en pos de un infiern
o que ya vislumbran en el horizonte. Trepamos a algunos de los extraños náufragos. Se pueden ver las bodegas y camarotes desvencijados, como las costillas de una res muerta en medio del desierto. Aun se leen los nombres de los barcos, destacando en letra de un gris sucio sobre un fondo de oxido. Pocas veces he podido sentir tal cantidad de desazón, de brutal abandono, en mi vida.

A la deriva en medio de la arena.

Volvemos al pueblo en intentamos visitar el museo de la ciudad. Entramos en uno de los horripilantes edificios comunitarios, rodeado por descampados y bloques de viviendas que harían pasar por bueno cualquier horror urbanístico español. Nos dan la bienvenida un tosco dibujo de dos novios exhibiendo su certificado de matrimonio, un mural con un mapa del país y otro con figuras vestidas de manera tradicional, aparte de la sempiterna frase de rigor del presidente Karimov. Se escucha una música de fondo, por una puerta podemos ver un gran teatro en penumbra donde algunas jóvenes ensayan un baile. La imagen es casi surrealista.

Parece que para ver el museo hay que registrase en la comisaria de la ciudad. Uzbekistan todavía mantiene ciertas tradiciones burocráticas soviéticas y ésta es una de ellas. En los hoteles te han de dar un a especie de certificado de registro que te piden a la salida del país. SI no puedes acreditar un número mínimo de pernoctaciones registradas puedes tener serios problemas. Cuando se visita una ciudad alejada de los circuitos habituales, como Moynaq, a veces es necesario pasar por una oficina para que tomen nota de tu visado y pasaporte. En nuestro caso se trataba de un cuartucho en el que un policía escaneó nuestros documentos mientras el calor insoportable empapaba nuestra espalda. Tras el trámite una mujer abrió una gran sala donde se amontonaban cuadros que describían la antigua vida en el Mar de Aral: pesqueros, puertos, bañistas...También se pueden ver monton

es de latas de conserva de las que salían de las factorías de la ciudad, cuadros con peces, aves y otros animales hoy extintos. Retratos de marineros y pescadores adornaban las paredes de un lugar que parecía no haber sido renovado en las ultimas dos décadas. Para mi lo más impresionante fue un enorme libro de fotografías que ilustraba las actividades de la fábrica de conservas. Eran unas fotos bastante buenas, muy de foto-reportaje, en un hermoso blanco y negro, donde se veían a cientos de mujeres trabajado en las salas de envasado, a hombres descargando toneladas de pescado, salas de congelación, camiones llenos de cajas de peces, niños yendo a la escuela, mujeres charlando en la calle, fotos de actividades comunales, de obras de teatro, de lectores en una biblioteca, fotos, en definitiva, de la vida antes del desastre. Le pregunto a la mujer que nos ha abierto la sala de cuándo datan las imágenes. Me señala el principio del libro y allí, destacándose entre la sopa de letras cirílica aparece una fecha. 1974. Cuando yo contaba un año aquello era un pueblo con vida, hoy es solo la memoria del porvenir, del amargo futuro que aguarda a los hombres ávidos e irresponsables. Un aviso para navegantes hecho desde un mar sin agua.

Ya que no me case en Las Vegas...

El camino de vuelta es aburrido y encima tenemos que parar en una de las dos únicas estaciones de gas de toda la región que suministra metano. Al ser más barato que la gasolina la mayoría de los coches de por aquí emplean ese gas. Lo malo es que hay serias restricciones y las colas son kilométricas, pero no hay mas remedio que esperar. La autonomía de un depósito de metano es de apenas 250 kilómetros y con lo que queda no podemos volver a Nukus. Pasamos dos horas esperando a poder repostar, rodeados de cientos de pacientes conductores que aprovechan el tiempo conversando o reparando hasta el infinito los marchitos motores de sus utilitarios soviéticos.

Un buen botin para un chatarrero, solo que un poco a desmano.

Ya es de noche cuando regresamos a Nukus. Algunas ciudades mejoran al oscurecer pues la noche oculta sus aspectos más sórdidos o la luz eléctrica dota de un aura de misterio a lo que antes eran calles impersonales. Desafortunadamente no es el caso de Nukus.

3 comentarios:

Goio dijo...

Bueno, este viaje va a puntuar alto, eh?

Ana G. dijo...

Me encanta este post...Lo único es que las fotos saben a poco... Cuando hagas álbum, acuérdate de avisar!!!!

Anita Lorite dijo...

Me ha impresionado la foto de Nati y el barco. Además del color ocre, el calor que sale de la foto, del polvo que se me ha metido en los ojos, del ambiente taciturno, la desolación que transmite..... esa niebla al fondo, en el horizonte que parece, como dices tú, que te guía al apocalípsis.

Joder qué pena de sitio.