Volvemos sobre nuestros pasos y nos adentramos en el bazar. Viendo esos panes, que son una gloria bendita y esos tomates nos decimos casi simultáneamente '¿A que no hay huevos a hacerse un bocadillo? ¿Que no? Vaya que no'. Compramos pan, tomates maduros y lo más parecido a embutido que encontramos en forma de salchichón ruso. Minutos después prepararnos gitanescamente, un pantumaca en frente mismo del Registán, ante la mirada atónita de la policía uzbeka que no sabe si detenernos por escándalo público o decomisarnos un trozo de bocata que nos sabe a gloria bendita.
Nati recuperándose de lo suyo mientras se aprende de memoria la guía
Por la tarde decidimos descansar en el hotel pues tenemos una agujetas tan brutales que bajar las escaleras nos provoca aullidos. Estamos ya viejunos para estar trotando tantas horas sin descanso. Por la noche tomamos la peor decisión del viaje. Comemos en un sitio cercano y no nos sienta bien. Yo me levanto algo indispuesto, pero nada serio, pero Nati tiene una gastroenteritis de caballo. La cosa no pinta bien y al final tenemos que deshacer todos los planes. Nos quedamos en el hotel todo el día, al menos ella, que poco a poco va recuperándose. Yo salgo a dar un par de paseos por la ciudad y me acerco a la parte nueva, el ensanche de la rusia zarista, que resulta ser un lugar muy agradable lleno de amplias avenidas arboladas. También me pongo a hablar largo rato con Alishar, un uzbeko que habla muy bien ingles pues ha vivido cuatro años en Nueva York trabajando de cocinero. Me dice que la ciudad esta tan patas arriba debido al festival que os comentaba y a la celebración del día de la independencia que tendrá lugar el próximo 1 de septiembre. Han asfaltado las calles, están pintando las fachadas, poniendo banderolas por todos lados y hasta fregando de rodillas las aceras (juro que lo he visto). Alishar me dice que ahora trabaja de profesor de ingles, pero que incluso a los maestros se les obliga a limpiar las calles para mayor gloria del régimen del presidente Karimov.
En la útima foto de este post podréis ver qué es lo que estaba fotografiando.
Por la tarde tras comprar los billetes de tren para Tashkent compruebo que Nati está mejor y que es posible que podamos visitar el pueblo de Urgut al día siguiente como efectivamente hacemos. Urgut esta cerca de las montañas y tiene el que es considerado el mayor mercado semanal de Uzbekistán. Yo me lo imaginaba grande, pero supera cualquier expectativa. Para llegar hasta allí basta con acercarse a un cruce cercano al hotel en donde los coches se cargan de pasajeros y parten hasta el lugar. La tarifa es una minucia, apenas un euro y medio por una hora de trayecto. Eso si, vas un poco como una sardina en lata, pero es una carretera medianamente civilizada. El mercado no esta en Urgut mismo sino en un recinto a unos pocos kilómetros del pueblo. Y bueno, decir recinto es quedarse corto. Aquello es como el Real de la Feria de Sevilla. Una explanada inmensa llena de coches y furgonetas que vienen de todo el país.
La futura novia echándole el ojo al inocente fotógrafo
El recinto se dispone en una retícula de construcciones bajas y calles en las que se instalan miles de puestos, sobre todo de ropa (la más horrenda jamas vista), zapatos, telas, herramientas, alfarería, papelería, etc. Lo que venden no es interesante, lo que importa es el ambiente y es que hay tal cantidad de gente, de rostros, de gestos que uno no da a basto con la cámara: chicas comprando prendas para su ajuar, ancianas mirando sujetadores que harían ruborizarse a un italiano, niños aguadores con cubos y cazos, vendedores de una especie de zumo que parece algún tipo de fermento alcohólico, niñas buscando uniformes para el colegio, vendedores de palomares, de maquinas de coser, de recambios de coches soviéticos... La parte final del mercado, ya en abierto descampado, sobre un erial polvoriento, es también la más interesante para el viajero. Allí se puede comprar ropa antigua y joyas del año matusalén. Hay que regatear con ardor, pero se pueden encontrar cosas interesantes.
Antes de regresar cambiamos dinero con uno de los muchos hombres que se pasean con fajos en la mano susurrando 'dolar-euro-change'. Lo más alucinante de todo es que lo hacen delante de los bigotes de la policía que parece no importarle el asunto. A Nati estas operaciones le ponen nerviosa, la verdad es que es un poco como ir a pillar costo al lado de una comisaria, pero si se realiza con discreción el cambista recibe su billete y tú, a cambio, los inmanejables fajos de sums que no se pueden disimular ni metiéndolos en la mochila.
Esta es la foto que estoy haciendo en la imagen de antes. Oro en los dientes, siempre. Mucho.
Volvemos a Samarkanda y hacemos tiempo hasta coger el tren de Tashkent que sale a las 5 de la tarde, puntual de nuevo. Esta vez el tren se dispone en compartimentos bastante cómodos aunque en los que hace mucho calor hasta que el aire acondicionado hace acto de presencia. Nos acompaña una joven pareja de judíos rusos y una francesa madura que se ha liado con el guía de su viaje organizado. Así, mientras nuestros compañeros hacen gala de un remake de 'La pasión turca' en versión centroasiática, nosotros nos acercamos hacia el final del viaje viendo como el sol se pone en la llanura que nos rodea. El cielo se tiñe de naranja, luego de rojo y mas tarde de violeta mientras el tren se sacude y avanza por la estepa.




1 comentarios:
¡Vaya! ¡Qué mala pata lo de la comida! Espero que no os fastidiase demasiado. Mola mucho el retrato de la mujer con los dientes de oro. Saludos.
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